Imaginemos un escenario de ficción colectiva. Andrés Roca Rey, afincado en Andalucía desde hace más de una década, decide finalmente dar el paso administrativo y adoptar la nacionalidad española, por razones que no tienen que ver con su profesión necesariamente. De la noche a la mañana, el «Cóndor de Perú» deja de ser administrativamente peruano para las leyes de espectáculos de nuestro país.
¿Qué pasaría? En las redes sociales y las tertulias de Acho se gritaría «traición» y se rasgarían las vestiduras por la pérdida de identidad de nuestro máximo estandarte histórico. Pero en los despachos de los sindicatos de toreros peruanos, lejos de los lamentos, se escucharía el descorchar de un buen champán.
¿Por qué? Porque sin el Cóndor en el casillero de «nacional», las empresas organizadoras de las grandes ferias del Perú se verían obligadas, por imperio de la ley, a mirar el escalafón local y contratar a otro matador peruano para cubrir la cuota. Se rompería, de golpe, el «monopolio» natural del ídolo.
Esta paradoja nos sirve para abrir el melón de uno de los temas más espinosos, debatidos y, a menudo, peor interpretados del planeta de los toros en el Perú: la situación laboral de nuestro gremio y la letra pequeña de la ley.
El mito de la cuota por tarde
Es común escuchar en los callejones, programas de radio y comunicados gremiales una queja constante dirigida a los empresarios: «¿Por qué no hay un torero nacional en cada tarde de la feria?». Se suele invocar la ley como si esta fuera un mandato de cuota por tarde.
Sin embargo, hay que hablar con la verdad jurídica en la mano: la ley no exige un torero peruano en cada cartel.
La Ley N° 28131 (Ley del Artista Intérprete y Ejecutante), en su artículo 28, es sumamente clara en su redacción:
«En toda feria taurina participará, por lo menos, un matador nacional».
La palabra clave aquí es feria, no corrida o tarde.
Si una empresa organiza un ciclo de cinco corridas (como la Feria del Señor de los Milagros), la ley se da por plenamente cumplida si en una sola de esas cinco tardes actúa un espada peruano. Los otros cuatro carteles pueden estar compuestos íntegramente por diestros extranjeros sin que el organizador cometa infracción alguna. «Un torero foráneo en cada tarde» es una configuración perfectamente legal para el resto del ciclo.
La interpretación selectiva como herramienta de presión
¿Por qué, entonces, algunos profesionales y colectivos insisten en la idea de que la presencia nacional debe ser obligatoria en cada cartel?
No nos equivoquemos: los profesionales taurinos peruanos no son ignorantes de la ley. Al contrario, la conocen al milímetro. Pero en un mercado laboral tan sumamente reducido y competitivo como el taurino, donde las figuras internacionales suelen ser el principal reclamo de la afición, la interpretación selectiva o maximalista de la ley es la mejor arma de presión política y gremial.
Exigir públicamente un nacional por tarde es una estrategia de negociación colectiva. Al elevar la tensión y plantear la demanda como una cuestión de patriotismo, los gremios fuerzan a las empresas a negociar. Saben que los empresarios, para evitarse protestas en las puertas de la plaza o el temido boicot de las cuadrillas de subalternos, terminan cediendo y abriendo más puestos de los que la ley estrictamente les obliga.
Competencia interna y el dilema de los nacionalizados
Este escenario de proteccionismo legal genera, además, tensiones hacia adentro. En los últimos años, el debate se ha encendido con los matadores nacidos fuera del Perú que, tras años de campaña en las plazas andinas, han obtenido la nacionalidad peruana y se han afiliado a los sindicatos locales.
Desde el punto de vista constitucional y laboral, es indiscutible: un nacionalizado tiene los mismos derechos que un peruano de nacimiento. Impedirles competir por la cuota nacional sería un acto de discriminación laboral, contraria a la ley vigente.
Sin embargo, para el torero peruano de nacimiento, esto se percibe como una distorsión de la reserva laboral que la Ley del Artista pretendía proteger. Es la ley de la oferta y la demanda en un embudo muy estrecho: el pastel de las ferias de primera categoría en el Perú es pequeño, y cuantos más comensales se sienten a la mesa de la «cuota nacional», menor será la porción para cada uno.
Balance: Entre la ley y la taquilla
La ley peruana otorga un piso mínimo de protección que es justo y necesario para que el torero nacional no sea un extraño en su propia tierra. Pero el toreo, además de arte, es un negocio de taquilla.
Confundir la cuota de la feria con una cuota por tarde solo genera falsas expectativas en la afición y tensiones innecesarias en los despachos. La mejor defensa del profesional peruano no vendrá de forzar la interpretación de un artículo legal, sino de ganarse los contratos tarde a tarde, actuando con la verdad en el ruedo, para que sea el propio público —y no un decreto— quien exija su presencia en los carteles.